miércoles, marzo 29, 2006

Cartas

Mis anginas han vuelto. De hecho creo que nunca se fueron, sólo estaban agazapadas, las muy pedorras. La culpa la tienen mis ansias de verano y que soy una fresca. Como dice Olg, en cuanto sale un rayo de sol me echo a la calle con mi minifalda y me compro un helado y claro, así a ver cómo se me van a curar unas anginas. Pero es que tenía un mono de sol, y de paseo, y de ambientillo primaveral, que no me pude resistir. Mientras paseábamos y mis anginas se regocijaban por las renovadas fuerzas que adquirían gracias a mi mala cabeza, Sol, que estaba conmigo bajo el sol, me recordó que además de Rocío Dúrcal, Victoria Holt, las pelis de instituto, y Retorno a Edén (diosssssssss), otro de mis grandes referentes es Valmont y Las amistades peligrosas. Qué bonito que alguien te recuerde un referente que por un momento has olvidado. Es verdad, Las amistades peligrosas me entusiasma, porque me pirran los palacios y los duelos y los trajes con corsé; por la trama de intrigas retorcidas y lo malvados que son los personajes; pero sobre todo, por las cartas. Lo de comunicarse por escrito tengo que reconocer que siempre me ha encantado, y mira que también me gusta comunicarme oralmente. Debe ser que me gusta comunicarme en general. Pero por escrito, ay, es otro cantar. Yo siempre supe que acabaría siendo carne de internet y si hasta ahora no me he metido en un chat es porque sé que en cuanto lo haga tendré que empeñar mis joyas de plástico para sobrevivir. Por eso también me resistí tanto tiempo a hacerme un blog, porque pensé, como me haga un blog me echan del trabajo, y de hecho, así fue, ¿casualidad?.... Ahora, lo de los emails lo llevo practicando casi desde el principio, para mí, son como cartas. Sin embargo, hay un reverso de la moneda en esta loa a la comunicación escrita contemporánea: el e-mail bomba, al que yo, por mi cobardía natural soy bastante dada, y he comprobado que otros muchos también. El e-mail bomba es aquel que envías para decir cosas que no te atreves a decir a la cara. Te justificas con que por escrito lo puedes explicar todo mejor, que vas a decir exactamente lo que quieres, y que al no haber diálogo, la conversación no te llevará por extraños derroteros. Los emails bomba pueden ser declaraciones de amor, rupturas, aclaración de rupturas, reprimendas... El abanico es ancho pero creo que en general son una mala idea. Ahora, da igual lo que crea, yo los practico y siempre me arrepiento, y además siempre me llevan a una conversación oral bastante patética posterior a la recepción del email por el pobre destinatario alucinado ante mis 4 kas de despecho, ira, amargura o pastel, que era precisamente lo que quería evitar. Otro clásico del email bomba, que es el más lamentable de todos, es el email bomba en pasado, es decir cuando siete años después le escribes a ése que te moló de la universidad y le dices, por cierto, me molabas, ¿te diste cuenta?
Qué cosas, esta necesidad de decir contra viento y marea que tenemos los mortales. Parece que si no dices no es. Y es que hay veces, esas veces fatales en que todo está perdido, pero así y todo tú tienes algo que añadir, que mandas un email bomba simplemente porque la necesidad de decir no implica respuesta del destinatario de lo dicho, no espera consecuencias; en esos casos uno dice las cosas sólo para uno mismo, por eso no hace falta decirlas a la cara, porque la cara del otro en el fondo te da igual.

lunes, marzo 27, 2006

Adulescentes

Ya estamos a lunes, lunes gris como debe de ser. El fin de semana ha sido soleado pero me ha dado lo mismo porque he estado en mi sofá con mi mantita aquejada de unas mini-anginas. Todo comenzó el viernes por la tarde con un pequeño dolor de garganta, que derivó en fiebre fatal mientras veía Volver de Almodóvar. Sí señores, Almodóvar me da fiebre, y eso que esta última es bastante mejor que el bodrio de La mala educación, claro que el listón estaba por los suelos. Es simpática, Volver. Como en sus últimas pelis, Almodóvar impregna todo de un esteticismo irreal (¿qué fue del look feísta-gamberro del principio?) y le da glamour hasta a las batas guateadas. Aunque es cierto que de La Mancha saca Almagro y los molinos de viento, que junto con las lagunas de Ruidera, mi Tara particular, es lo más bonito de toda la comunidad. Muy bien la recuperación de Carmen Maura, y Pe de gran prota, que parece más italiana del sur que manchega, pero está muy guapa, y las otras actrices también, menos la niña que está regular. Pero bueno, todo esto lo estoy pensando hoy porque cuando terminó la peli sólo quería llegar a casa para sufrir a gusto mi enfermedad. Y así lo hice. Sábado y domingo. Me he tragado todos los telefilmes, y también los especiales de Rocío Durcal, con mucha pena, la verdad, y es que con Rocío Durcal se me va una parte de la adolescencia, porque además de Victoria Holt y las pelis de instituto confieso aquí, que ya total de perdidos al río, que mi otro gran referente chungo es Rocío Durcal, y además confieso también por Olg para no hundirme sola, que durante nuestra triste adolescencia nos tragamos todo el ciclo de Rocío Durcal que ponían los viernes en la2. Sí señor, en la2, la televisión de calidad. Ahora entenderéis muchas cosas.
Es muy triste perder un referente adolescente, sobre todo en mi generación, ésa que los ingleses denominan kidult (kid + adult) y los franceses adulescents (adulte + adolescents). Según los sociólogos, nosotros, los adulescentes, somos jóvenes que nos resistimos a entrar en la vida adulta a pesar de que nuestros padres a estas alturas ya tenían hijos e hipotecas. Quizás porque nos dan miedo las responsabilidades, o directamente porque nos parecen un coñazo, el caso es que el mundo occidental está lleno de jóvenes con complejo de Peter Pan que entrados en canas vestimos zapatillas, llevamos chapitas, vamos en masa a ver pelis de dibujos animados, leemos Harry Potter, recuperamos héroes del pasado y volvemos a comprarnos los muñequitos con los que jugábamos. Por no hablar de otros comportamientos inmaduros que abarcan lo sentimental, lo laboral, lo familiar… Y además en España, para completar el cuadro vivimos con nuestros padres.
Lo malo es que mi referente adolescente no es el de mi quinta, si quitamos a Olg, sino el de muchas señoras de 50 o 60 años que no son ni han sido adulescentes nunca, así que no sé por qué me da que no voy a conseguir mucho quórum para el remake de La chica de Trébol.

jueves, marzo 23, 2006

Análisis lingüístico y estilístico

Por primera vez en su historia este blog va a hacer un análisis de la actualidad política, sin que sirva de precedente. No obstante, no vamos a perder nuestra identidad de cocina frívola-salón de té de un plumazo, tranquilidad, me ceñiré a los aspectos lingüísticos y estilísticos del tema, inspirados directamente en los comentarios de Sol, que de hecho debería haber escrito este post, yo no soy más que la mecanógrafa en esta ocasión. Bien. Como todos sabéis ETA anunció ayer un alto el fuego permanente en un comunicado. Enseguida algunos hablaron de tregua y otros de fin de la violencia. Pero, curiosamente en otras ocasiones lo que ETA había anunciado era una tregua indefinida, nunca un alto el fuego permanente, ¿hay diferencia? Pues sí. Como siempre, las palabras son más importantes de lo que parece, (qué hacemos tantos filólogos hispánicos en paro me pregunto yo). Y es que, si los etarras han consultado la RAE sin que les salga urticaria, habrán comprobado lo siguiente:
Tregua: (Del gót. trĭggwa, tratado). f. Suspensión de armas, cesación de hostilidades, por determinado tiempo, entre los enemigos que tienen rota o pendiente la guerra.
Alto el fuego: Suspensión momentánea o definitiva de las acciones militares en una contienda.
O sea, que el alto el fuego es más que la tregua porque puede llegar a ser definitivo, la tregua en cambio siempre es temporal. Ahora, el alto el fuego por otro lado puede ser también momentáneo, que suena desde luego a poco.
Indefinido: (Del lat. indefinītus). 1. adj. No definido. 2. adj. Que no tiene término señalado o conocido.
Permanente: Que permanece. Jajaja, qué graciosillos los de la DRAE. Nos tenemos que ir a:
Permanecer: 1. intr. Mantenerse sin mutación en un mismo lugar, estado o calidad. 2. intr. Estar en algún sitio durante cierto tiempo.
De nuevo las diferencias son matices, pero los matices son importantes.

Y ahora los estilismos.
Yo que queréis que os diga pero el look Scream (sólo les falta una boca negra y abierta) combinado con la txapela no sé si me da terror o risa directamente. Como dice Sol, el hombre más citado en el día de hoy, si fuesen andaluces, ¿llevarían sombrero cordobés? Y qué me decís de esos ojillos, que están hacia arriba como si estuvieran enfadados.



Han debido cambiar de estilista porque en el 98 el rollo era más bien ninja:





¡Gracias a Sol! Y suerte a todos.

martes, marzo 21, 2006

¿Contigo pan y cebolla, o contigo solomillo y Burdeos?

El domingo por la noche, en pleno puente lluvioso y tristón, después de varias horas seguidas traduciendo las descripciones de los últimos modelos de Maurice Lacroix y cuando ya estaba convencida de que lo único que existe en este mundo son relojes, logré salir de casa para reunirme con los incondicionales a charlar de cualquier cosa menos de relojes y Mauricios. Como no, acabamos hablando de amor, el tema universal, y eso que según mi última encuesta sociológica la mayoría está de acuerdo en que el amor no es para tanto, que se sufre demasiado para lo que después se disfruta. Llega a serlo y no sé qué pasaría.
Entre patata y patata, decía una amiga mía que el secreto de una relación amorosa que dura son los planes bonitos, que ella quiere más a sus novios si está pasando el día con ellos en el Valle del Jerte rodeada de cerezos en flor que si está en la cola del Carrefour un sábado por la mañana. Vamos, lo que dice mi amiga es que a ella el contigo pan y cebolla, en su versión moderna que sería contigo pizza y Equinocio por ejemplo, no le convence y que en ningún caso hay tanto amor. Otro amigo mío era de la opinión contraria. Él decía que cuando estás realmente enamorado la cola del Carrefour un sábado por la mañana puede hasta llegar a ser poética. Aunque se contradecía porque también estaba de acuerdo en que no hay nada más triste que pasar un mal momento amoroso en un sitio precioso, que puestos al mal rollo, mejor que sea en la cola del Carrefour, un marco mucho más apropiado.
Estos dos puntos de vista me recordaron a una antigua teoría del señor de La Fragua que él a lo mejor ya ha olvidado, pero yo con mi memoria de elefante, no. Él sostenía en tiempos que el amor y la relación son como un carro tirado por caballos, pero que lo que pasa es que hay gente que piensa que el amor son los caballos y la relación en carro, y otros que piensan que la relación son los caballos y el amor el carro. Qué follón, me explico. Los primeros serían como mi amigo, los que creen que el amor todo lo puede y es el que tira del carro. Los otros, serían como mi amiga, los que creen que el amor es un tranquilón del que hay que tirar porque si no se para.
¡Y ya me ha vuelto a salir un post de visiones polarizadas tipo dilema! Estoy enferma.

domingo, marzo 19, 2006

Decisiones

La última vez que Pez pasó por Madrid recordamos una peli que vimos juntos y cuyo título hemos olvidado. Pez se acordaba perfectamente del argumento lo que demuestra que tiene memoria de Pez para según que cosas. Era una peli japonesa que trataba de una especie de limbo donde iba la gente al morir. Ese limbo era muy curioso, era como una clase de un colegio, con sus pupitres y su pizarra y su maestra. Para salir de allí y poder llegar al cielo, tenías que elegir un solo recuerdo de toda tu vida, recuerdo que se filmaría (la peli era una especie de homenaje al cine) y que te acompañaría para siempre durante toda la eternidad; en eso consistía el cielo, en disfrutar una y otra vez de tu mejor recuerdo. Qué bonito. Pero claro, había que elegir el recuerdo con el que te quedabas. Uno de los personajes no conseguía decidirse y se pasaba toda la peli viendo como los que le rodeaban se marchaban. Y es que el que no decide, no avanza.
Siempre he pensado que hay pocas decisiones difíciles en la vida, más allá del trascendental ¿qué me pongo?, y que normalmente las opciones están muy definidas, si es que la vida es suficientemente maja de darte opciones. Creo que la libertad de acción es escasa y que las circunstancias te suelen indicar la dirección correcta, o más bien la única dirección posible, y que aunque vivimos en la ilusión de las miles de posibilidades, en realidad muy pocas veces te encuentras en la tesitura novelesca de la encrucijada de caminos. Sin embargo, esta apariencia de miles de posibilidades puede producir un sentimiento frustrante de responsabilidad de tu propia felicidad como pasaba en la peli de olvidado título, felicidad que sólo depende de ti y de tus elecciones entre todas las que esta vida moderna y postmoderna ofrece. Es lo que en francés llaman “l´embarras du choix”, algo así como el agobio de la opción, y que provoca que todos seamos infelices por el agobio de tener que currarnos nosotros nuestra felicidad, y lo peor es que ni siquiera es verdad que podamos hacerlo. Pero en fin, eso será objeto de otro post que me voy por las ramas. Volviendo a las decisiones, en ocasiones ocurre que no sabes que ya has decidido, pero simplemente al contarlo, según te oyes hablar, te das cuenta de que la decisión ya está tomada o quizás sería mejor decir que la decisión ya te ha tomado a ti. Y menos mal, porque no hay mayor agonía que la indecisión y la duda, nada peor que esos momentos vitales grises, casi negros, en los que sientes que tienes que hacer algo pero no sabes qué y en los que todas las opciones son malas a cual peor y sobre todo, te dan una pereza terrible. Son momentos en los que el dilema de los jueves se hace carne en un día que no es jueves y que está lleno de matices. Momentos en los que desearías que un padre autoritario o una alianza de terribles acontecimientos decidieran por ti.
A ver si deja de llover y sale el sol de una vez.

miércoles, marzo 15, 2006

El desamor está en el pelo

Los años de observación y la experiencia acumulada me han llevado a descubrir la siguiente realidad irrefutable: hay una conexión misteriosa entre el amor y el pelo, o más bien entre el desamor y el pelo. Esta afirmación se basa en el hecho incontestable de que todo aquél que sufre un desengaño amoroso siente la irrefrenable tentación de hacer algo radical con su cabello. Hay algunas que se cortan a lo garçon una larga melena, otros que tras años de cabeza rapada se lo dejan crecer cual sandokan, y muchos, los más suicidas, o quizás los más desengañados, se someten a esa gran descarga de adrenalina de los tiempos modernos que supone ponerte en manos del peluquero y decirle "hazme lo que quieras". El caso es que el primer paso hacia la superación del desamor siempre es capilar.
Ya desde Sansón y Dalila se venía rumoreando esta gran verdad. Repasemos esta apasionante historia a ver si arroja cierta luz a esta nueva y absurda teoría: Sansón, héroe para los judíos y villano para los filisteos, vivía feliz con su larga cabellera en lo que ahora es Gaza, donde la política era un follón de tribus y luchas de poder (parece que hay zonas eternamente conflictivas). Gracias a nuestro melenudo, en el momento en que se desarrolla esta historia los filisteos habían perdido la hegemonía, de ahí que le tuvieran tirria. Le tenían tirria, pero no eran tontos, ya que intrigados por el secreto de la extraña fuerza de Sansón, que era algo así como un superhéroe bíblico que misteriosamente podía con todos sin ser ni demasiado fuerte ni demasiado musculoso, decidieron utilizar para descubrirlo lo único a lo que un superhéroe no puede enfrentarse de igual a igual: una bella mujer que hiciese de espía: Dalila. Y está claro que tenían razón porque Sansón, a pesar de que Dalila era filistea, no se olió nada raro (parece que el amor ha sido ciego en todas las épocas) y cayó en los brazos de la dama como un quinceañero. No se casaron pero vivieron juntos (el antiguo testamento es bien moderno para algunas cosas) y Dalila intentó descubrir cuál era el punto débil del mocetón atándole en tres ocasiones con cuerdas cada vez más fuertes, pero Sansón se liberó cada vez como si fuese Houdini. Y entonces Dalila recurrió a un arma tristemente muy usada por el bello sexo (y por el otro también), corroborando que no hay nada inventado: le hizo a Sansón el típico chantaje emocional, “¿Cómo me dices “Yo te amo” cuando tu corazón no está conmigo? Ya me has engañado tres veces, y no me has descubierto aún en qué consiste tu gran fuerza”, combinado con otro gran recurso eterno: la pesadez. “Y aconteció que, presionándole ella cada día con sus palabras e importunándole, su alma fue reducida a mortal angustia. Le descubrió, pues, todo su corazón”. Vamos que Sansón terminó harto de que Dalila le diera la plasta y confesó que llevaba sin cortarse el pelo desde que nació, y que además de tener las puntas abiertas, de ahí provenía su fuerza. Dalila entonces, como era de esperar por todos menos por Sansón, que sería fuerte pero espabilado poco, le cortó el pelo mientras dormía y después dejó que los filisteos entrasen en su casa y se lo llevasen preso, y que le arrancasen los ojos en un típico detalle gore muy antiguo testamento que sobra, en mi humilde opinión. Pero, ay, la venganza sería terrible. El pelo creció de nuevo y Sansón logró huir de la cárcel y con la ayuda de Dios (ese Dios del antiguo testamento que da un miedo que paqué), se plantó en un centro comercial de la época llenito de filisteos y se los cargó a todos derribando las columnas, menudo era Sansón. Todo hay que decir que él también se muere en el intento, pero lo más fuerte es que no se sabe ni siquiera si Dalila estaba entre las víctimas. Y luego dicen de los daños colaterales modernos.
Y aquí acaba la primera referencia de la historia al amor y el pelo, sin que me haya quedado muy claro el porqué de ese extraño vínculo.

martes, marzo 14, 2006

Pruebas

Tras un fin de semana fuera de mi ciudad comiendo cojonudos (está en plural porque aquí cojonudo no es adverbio sino sustantivo: se trata de un famoso pincho logroñés), ayer regresé a Madrid con la sensación de que llevaba fuera al menos dos meses, cosa que por otro lado pasa siempre que sales de Madrid, aunque te hayas ido a la sierra de excursión. A esta ilusión temporal ayuda que, como ha sido el caso en esta ocasión, hay veces que te vas de Madrid en pleno invierno y cuando vuelves 48 horas después, ya es verano.
Junto con el verano y el calor, también me encontré con la vida real en forma de nevera vacía, y con el futuro incierto ante mí en forma de un montón de pruebas fruto de mi distribución de currículum a diestro y siniestro (si no os ha llegado uno todavía, no dudéis que no tardará). Efectivamente, después de una semana de dedicación a la búsqueda de empleo, porque buscar trabajo es un trabajo en sí, algunas agencias de traducción me responden muy amables que podré entrar en su base de datos si traduzco correctamente un par de textos de su elección, el método de selección habitual de esta profesión. Y es que como la traducción es un trabajo de ermitaños da igual que no sepas trabajar en equipo, que no tengas iniciativa, que seas un desequilibrado o que huelas mal, y es una lástima, porque creo que no huelo mal y me haría ilusión hacer alguna entrevista de vez en cuando y demostrar como dice mi abuela, lo bien que me explicoteo. Pero no, a la traducción no han llegado las garras de los recursos humanos, ni los jueguecitos en grupo de quién sobreviviría tras una explosión nuclear, ni los test psicológicos: si traduces bien trabajas, si no, pues no.
Diréis, pues qué bien, qué estupendo que el método de selección no sea tan arbitrario. Y yo os digo, pues de bien nada, ¡viva la arbitrariedad como excusa! Estoy atenazada por la presión porque hacer estas pruebas es como volver a hacer exámenes, de hecho es peor porque no hay recuperación, y se supone que yo soy ya una profesional (JA), y si te sale mal una entrevista siempre puedes decir que le caíste mal al entrevistador, que el jueguecito de la explosión nuclear es una chorrada, o que buscaban una rubia. Lo sé, son excusas, pero ay, qué haríamos sin ellas. La vida sin excusas es demasiado descarnada. Y es que si te sale mal una muestra de lo que simple y llanamente es tu trabajo, a lo que te dedicas, lo que se supone que mejor sabes hacer, ¿entonces qué? La única opción que se me ocurre es huir del país. Menos mal que internet hay en todas partes.

jueves, marzo 09, 2006

El dilema de los jueves: Qué es peor, ¿ser como todos o ser diferente?

Hace unas semanas me hice unos análisis de sangre y tras recoger los resultados he constatado que estoy sana como una manzana. Me he leído con atención todos mis datos sobre mis leucocitos, mis transaminasas y demás cosillas comprobando para mi alborozo que en todos ellos estoy en ese maravilloso punto medio del intervalo deseado, es decir, que todo está normal. Y me llena de alegría este nuevo indicador de mi normalidad porque creo que desde que tengo uso de razón no hay nada que desee más en este mundo que ser normal. No hay nada que ansíe más que mezclarme con la masa; no hay nada que me consuele más que el mal de muchos, y de hecho puedo decir con orgullo que creo que no hay nada en lo que haya tenido más éxito en esta vida que en ser corriente y moliente. Me atrevo a afirmar sin pudor que he triunfado en mis ansias de normalidad, que me gustan las mismas cosas que a todo el mundo, que si un guionista de hollywood escribe una escena con musiquilla y tonillo para que llore la platea, yo seré la primera que llore, que si un ejecutivo musical decide que la canción del verano será X, yo bailaré X como la que más, y que si un cool-hunter predice que la prenda de moda serán las camisas con chorreras, cuando se la vea a la primera chica me horrorizaré, pero seguramente un mes después cuando la lleve la masa, yo también la lleve puesta y tan contenta. Sin embargo, he conocido a lo largo de mi vida gente a la que respeto y admiro (aunque desde la estupefacción y una ligera desconfianza) que basan su autoestima en la diferencia y que se consideran especiales. A veces, estas personas, llevadas por su propia visión de las cosas, me han llegado a decir como piropo que yo misma era especial. Rápidamente les saqué de su error. Bien, el caso es que esas personas van contra corriente y huyen de lo convencional. Son personas a las que les deja de gustar un grupo si se hace famoso, por ejemplo, o que se horrorizan ante cosas como el fenómeno OT, el fenómeno Gran Hermano, el fenómeno todos como borregos; a ellos lo que les va son los bares que no conoce nadie y las formas de vida alternativas y antisistema. Tengo comprobado que a veces estas personas viven su diferencia con cierta amargura ante la incomprensión circundante, lo que me lleva a pensar que quizás en el fondo desearían que los demás fuesen como ellos, pero en ese caso ¿no dejarían de ser diferentes? En cambio los normales nos planteamos bastante menos nuestra propia esencia, aunque los especiales la consideren simple grisura y falta de imaginación, y también es cierto que los normales en nuestros momentos bajos miramos con envidia a esos seres diferentes y nos preguntamos cómo será ser como ellos.
Bien, visto lo visto, vosotros que preferís, ¿ser normales o ser diferentes? ¿lo convencional o lo original? ¿la masa o la exclusividad? ¿la comodidad de ser como todos o la soledad de ser único? Por poner un ejemplo práctico ¿vivir a salto de mata en una roulotte, o en un piso en propiedad con sueldo fijo? Lo lógico sería que imperase la normalidad, pero como siempre me sorprendéis, quizás los diferentes seamos los que queremos ser normales, un resultado interesante que por primera vez haría del dilema de los jueves, la paradoja de los viernes.

martes, marzo 07, 2006

And the Oscar goes to…

La mismísima víspera de los Oscars fui a ver Crash, una peli de estas culebrón de historias cruzadas que a mí me entretienen muchísimo porque soy carne de culebrón. Está muy bien, a pesar de los detalles facilones de musiquilla tipo himno árabe cantada por una mujer en las escenas más dramáticas, que por supuesto son a cámara lenta, y otras cosillas similares, y que recuerda bastante a Magnolia y a Short Cuts. La conclusión que saqué, a parte de la incomprensión entre los seres humanos y el miedo intrínseco a lo extraño, fue que doy gracias por no vivir en los ángeles y que en EEUU ir en autobús es de muertos de hambre; nunca pensé que podría llegar a decir que la EMT tiene glamour, pero sí. El caso es que Crash se ha llevado el Oscar a la mejor peli en una ceremonia que según mi reportero particular, que se levantó a las 2 de la mañana para verla en directo, fue más sobria que otras veces. Tras escuchar atentamente el informe de mi reportero, y empaparme de fotos y reportajes online y en televisión, tengo una serie de comentarios que deseo compartir y una serie de preguntas que quiero plantear.
¿Dónde estaban Brad y Angelina? ¿Quizás en algún país del tercer mundo asistiendo a una convención sobre el desarrollo en jet privado o adoptando a otro niño cool que les haga juego con los anteriores? ¿Dónde estaban Tom y Katie? ¿En algún encuentro cienciológico, paseando su almíbar? ¿O será que la Academia no les había invitado a ninguno como deferencia a sus dolidas exes? Y es que esta ha sido la gala de las ex solitarias: Nicole Kidman (de blanco nuclear cuando ella ya es blanca nuclear, ¡ese estilista!); Jennifer Aniston, la mujer que fue la más envidiada por su marido y ahora es la más envidiada por su pelo según elmundo (no sé qué es mejor), y Hillary Swank, plantada por Chad Lowe, un actor de segunda hermano de Rob (que ya era un actor de segunda) que debía estar harto de acompañar a su exitosa mujer a recoger estatuillas mientras su gran triunfo era salir de invitado en CSI. Todas ellas, muy bellas y sin acompañante, a pesar de que al menos Nicole y Jennifer tienen novio, pero se lo dejaron en casa. Hacen bien en optar por la discreción tras batacazos anteriores, que el escarnio público es muy duro. Más preguntas, Helena Bonham Carter, ¿se está convirtiendo poco a poco en un personaje de Tim Burton?, Joaquim Phoenix, ¿tiene esa cara de mala leche porque es el único de todos sus hermanos que tiene un nombre prosaico y se pregunta por qué él no se llama charca o tronco o nubarrón?, y finalmente, George Clooney, ese hombre guapo, divertido, comprometido, inteligente, y soltero empedernido, ¿existe realmente o es obra del imaginario colectivo? ¿Hay alguna mujer en este mundo que no piense cada vez que lo ve “si lo pillara, a este le reformaba yo y le metía en vereda”?

lunes, marzo 06, 2006

Disfraces

Llevo casi una semana ausente de la blogosfera y quiero pensar que alguno ha notado mi ausencia y quizás se pregunte qué me ha pasado, por qué no he escrito, si habré encontrado un trabajo fijo y esclavo, o si me he fugado del país con un amor que ha irrumpido en mi vida como una ola. Bien, para todos los inquietos, y también para los que no lo estáis, he aquí la respuesta: el sábado tuve una fiesta de disfraces. Las fiestas de disfraces son, como tantas otras cosas, algo que en principio te da pereza pero que una vez te pones a ello te obsesiona y te absorbe de forma que no ves nada más allá y te preguntas qué hacías con tu vida cuando no tenías una fiesta de disfraces en perspectiva. Por supuesto la fiebre empezó un par de días antes del evento porque hasta entonces me había inundado la pereza. Hell acudió en mi ayuda con el armario ropero de su tatarabuela y tras probarme todo tipo de modelos descubrí dos cosas fundamentales: una, que las antiguas eran unas frescas porque bajo las faldas llevaban únicamente unos pololos, nada de bragas que al parecer son un invento reciente, y los pololos, por si no lo sabéis, son unos pantalones sueltos de lo más indecente que se atan solo a la cadera y al tobillo y dejan la entrepierna y los muslos al aire; y dos, que por desgracia los años 40 no me favorecen nada dado mi tipo botijo. Visto lo visto opté por un disfraz polivalente formado por unos pantalones, una camisa ancha, unas botas de punta, y un corpiño, que podía valer para ser el gato con botas, un mosquetero o el zorro. Qué difícil decisión existencial, ¿qué ser? Con el fin de dirimir el dilema el señor f. me llevó el viernes a una tienda de disfraces en pleno centro de la ciudad. Es una de esas tiendas que tanto le gustan al señor f, con probadores y mostradores de madera, y más de 50 años de existencia. Tras probarme un antifaz y un gorro con una Z decidí que iría de el zorro pero, ay, cuál sería mi desesperación al buscar entre las espadas de plástico y no encontrar más que catanas o espadas tipo obelix, y es que, como me dijo la dependienta, los floretes estaban agotados. Pero como yo ya era el zorro, no me iba a amilanar ante un obstáculo así. Me fui al corte inglés y a varias tiendas más en pos de mi florete, y nada. Estaba a punto de tirar la toalla y convertirme en el primer zorro pacifista o karateka de la historia cuando entré en el chino de al lado de mi casa y me encontré con un pack de héroe pistolero y espadachín (gun-sword hero ponía en la caja) que por dos euros incluía mi ansiado florete, un antifaz, una pistola, unas esposas y una estrella de sheriff (¿¿??). Y ya sólo me faltaba la capa, tras una tarde de búsqueda, finalmente la saqué del armario de mi prima. Así ataviada y tras ensayar unos pasos de esgrima en mi salón acudí al evento donde comprobé que el resto de los asistentes también llevaban días descuidando sus quehaceres a juzgar por el nivel. Cabe destacar a las anfitrionas que iban las más guapas , y hacen bien porque ya se nos ha pasado la edad de ir graciosas y originales disfrazadas de racimo de uvas o de abrelatas cuando en el fondo queremos ser princesas. La mitad del evento se nos pasó comentando los modelos de unos y otros, y la otra mitad probándonos todos los complementos del resto de los invitados. Y así nos dieron las siete de la mañana y yo volví a mi casa sin antifaz, ni gorro ni espada, pero con unas gafas de sol verde botella y mucho tiempo por llenar ahora que ya no tengo ninguna fiesta de disfraces en perspectiva.

miércoles, marzo 01, 2006

Trapos sucios

Unos amigos míos tuvieron una plaga de hormigas hace años en su casa. Un día abrieron la alacena y todo estaba lleno de bichitos que corrían tan campantes entre sus latas y biscotes. Era la primera vez que les pasaba algo así. Como corresponde, primero se sorprendieron, luego dieron un grito, y finalmente se preguntaron qué es lo que se hacía en casos así, a quién había que llamar, qué producto había que comprar, dónde se compraba, etcétera; y es que a nadie de su entorno le había pasado jamás algo similar, qué corte, pensaron, ¿es que tenemos la casa tan guarra? En aquellos tiempos no había internet así que en una reunión de amigos esa misma tarde, un poco avergonzados por tener la casa llena de bichos, contaron lo ocurrido. Era su grupo de amigos del alma de toda la vida y cuál sería su sorpresa al descubrir que no sólo podían darles miles de consejos, sino que eran consejos de primera mano, porque todos ellos habían sufrido todo tipo de plagas cuasi bíblicas en sus casas; unos habían tenido hasta ratones. Tranquilizados por no ser los únicos que habían pasado por ese trance, volvieron a casa y aplicaron con éxito todas las instrucciones necesarias para acabar con las hormiguitas. Sólo entonces, cuando ya habían superado el problema hormiguil, comentaron extrañados qué curioso que sus amigos no les hubieran contado en su día lo que les estaba pasando, porque hablaban a menudo, se veían mucho, y no mencionar algo de ese tipo era casi una ocultación, claramente, se dijeron, se lo habían ocultado.
A (Y) le pasó lo mismo una vez, nada más que con un hombre en vez de con una hormiga, y es que pueden ser igual de dañinos. Por aquel entonces (Y) estaba locamente enamorada de un muchacho que un fatídico día le dijo a la cara y sin anestesia que no la quería, de modo que (Y), bajo una lluvia real y espiritual y en una ciudad extraña, vivió uno de esos momentos en los que quieres salir de tu piel y dejarla ahí sobre el asfalto para no volver nunca, uno de esos momentos en los que primero entiendes los crímenes pasionales y luego el suicidio, uno de esos momentos en los que piensas cómo puede seguir la gente caminando a mi alrededor tan tranquilamente cuando yo estoy en medio del mayor drama que jamás ha ocurrido sobre la tierra, cómo es que no se para el mundo y cómo puede dolerme tanto el estómago sólo porque se me han clavado unas palabras. Al volver a su ciudad (Y) reunió a su gabinete de crisis muerta de la vergüenza porque a pesar de las fatídicas palabras, (Y) no había roto con su muchacho y había aceptado un estatus quo bastante lamentable, por no decir pringado. Contó con pelos y señales cómo después de que el muchacho le hubiese dicho que no la quería, seguían juntos, porque ella le quería por los dos y no podía hacer otra cosa, aunque no se entendía. Se esperaba caras de estupefacción ante tamaño disparate, y una charla tipo "eso no se puede consentir", “hasta aquí hemos llegado”, “te está tomando el pelo”. Pero, cuál sería su sorpresa también al descubrir que las caras no se alteraron, y que no sólo nadie le echaba la charla, sino que todas las presentes, amigas íntimas y eternas, tenían episodios pasados bastante parecidos. (Y) se tranquilizo por no ser la única, y después pensó, hay que ver, y por qué no me lo habrán contado antes, con lo preparada que habría estado yo para mi patada en el estómago si hubiera sabido que no era algo tan raro, que es mejor sentirse desgraciada, pero acompañada por la masa, que desgraciada y única.